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¿Autónomo o en plantilla?
Por Ricard Lozano
Normalmente al principio de la actividad, el traductor suele
plantearse si le conviene más integrarse en la plantilla
de una empresa o establecerse como profesional autónomo.
A este respecto, se puede afirmar que no existe un consejo
general válido por igual para todos, sino que la mejor
elección viene dada por un análisis de las ventajas
e inconvenientes adecuado a la situación y carácter
de cada persona.
Antes que nada, distingue a primera vista ambas opciones
el hecho de que, formalmente, establecerse como profesional
autónomo está siempre al alcance de la mano,
mientras que la contratación interna depende obviamente
de la existencia de una demanda y en la superación
de las pruebas de selección pertinentes.
Ventajas e inconvenientes
Generalmente, un traductor autónomo que consigue colaboraciones
habituales con diversas empresas obtiene a corto plazo y por
el mismo esfuerzo una remuneración superior
a la del trabajador que depende de una nómina, poco
dada a las revisiones al alza. Claro que no es oro todo lo
que reluce: para hacer una valoración económica
rigurosa no solo hay que considerar los ingresos sino también
los gastos, muy superiores en el caso del trabajador por cuenta
propia.
Una ventaja de la condición de autónomo es
la mayor libertad para disponer de sí mismo,
en sentido amplio. En la empresa está supeditado a
un horario y a un jefe, mientras que en el propio negocio
es uno quien decide. Tal afirmación no está
exenta de matices, ya que no debemos pasar por alto nuestra
natural propensión a realizar jornadas de trabajo interminables,
convertir días festivos en laborables, etc.
Un aspecto que juega a favor del empleado es la facilidad
para asimilar y reciclar conocimientos relacionados
con los avances técnicos del sector, y de cómo
afectan estos a la metodología de trabajo o a la demanda
del mercado (por ejemplo, la manipulación de memorias
de traducción, reutilización de glosarios, nociones
básicas de autocompaginación, uso de herramientas
específicas, etc.). En este caso, el autónomo
debe procurarse una formación continuada por su cuenta
y riesgo, mientras que el empleado puede obtener de primera
mano todos estos conocimientos de forma gratuita. No debe
olvidarse otro tipo de conocimientos también significativos,
como son los relativos a la posición en el mercado
de otras empresas, los precios pagados en los distintos países,
las prácticas y procedimientos del sector, los contactos,
etc.
El factor que suele decantar en muchos casos la balanza es
sin duda la seguridad en el trabajo (si es que hoy
en día resulta propio usar el término seguridad
en este contexto). Para muchos, la certeza de una ocupación
regularmente remunerada prevalece sobre la incertidumbre del
clásico vaivén de ingresos que suele caracterizar
la actividad del profesional autónomo. La cobertura
social, además, suele ser muy superior en el caso del
empleado.
Desde un punto de vista casi anecdótico, aunque también
elemento de decisión frecuente, es la soledad
que rodea la vida cotidiana del trabajador autónomo.
A muchos les puede resultar incómoda. La empresa ofrece
un ambiente de trabajo y favorece unas relaciones sociales
mucho más activas. La única opción que
le queda al profesional independiente en estas circunstancias
es alquilar o compartir un despacho con otros colegas (si
bien esto incrementa sensiblemente los gastos).
A grandes rasgos, los factores hasta aquí descritos
son los que habitualmente suelen estar más presentes
en nuestras valoraciones. Sea como sea, la elección
entre empleado o autónomo no debe constituir nunca
un dilema sino una capacidad de elegir lo que más nos
convenga. A fin de cuentas, si uno se decanta por una opción
y no se acaba de encontrar a gusto, siempre está a
tiempo de propiciar un nuevo cambio.
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